Salpo

Regreso a la cuna (Salpo, Otuzco, La Libertad)

Niños de Salpo, cuadro cortesía de mi primo hermano Estuardo Montoya
Niños de Salpo, cuadro cortesía de mi primo hermano Estuardo Montoya
Niños salpinos
Calle Castilla de Salpo

Mi madre (Clara) no se acostumbró nunca lejos de su tierra. En el año 2005 me enteré que cuando mi padre levantaba la casa en el barrio Bolivar, a mediados de los 50s, ella solía decirle: "Alvarito, ¿por qué tanto trabajas si vamos a regresar a Salpo?".

Eso explica por qué el 1958 regresó a Salpo, y me llevó con ella. Traumática fue mi llegada a Salpo (3560 msnm), en 1958, y mi primera comida al que no estaba acostumbrado (sopa de trigo medio molido con papas llamado shambar). Me tuvieron forzar para comerlo, era la dieta diaria. Luego, claro, me acostumbré y terminó gustándome, pero sobre todo el "shambar entero", que de vez en cuando algo de huevos y carne, y muy pero muy de vez en cuando

Cancha de deporte Mansiche Salpo

Plaza de Salpo, al fondo Escuela 255

alguna fruta. El plato más apreciado era el guisado de cuy, que hasta ahora lo busco para mis almuerzos en Lima, pero sobre todo cuando visito Trujillo.

En Salpo aprendí a coger tunas y buscar nidos de palomas y perdices y matar con mi "huaraca" pájaros para ponerlos a la brasa. Cuando había jamón, hacia lo indispensable para coger uno que otro pedazo y ponerlos sobre brasas: "deliciosos". En Salpo, los recuerdos recurrentes me llevan a una mina, donde llegábamos con mis compañeros de la Escuela 255, para cargar saquitos de mineral entre dos o tres y ponerlos en un camión y recibir 20 centavos para comprarnos una "cachanga" con miel.

Escolares en la cancha de fútbol, al pie de la Escuela 255 de Salpo
Coordenadas de Salpo

En la Escuela teníamos que hacer nuestras propias tizas, sacando la "tierra blanca" de una mina a la que entrábamos con nuestras lámparas de carburo, como los mineros. Gran temor me causaba los socavones oscuros y húmedos, pero gran alegría sentía al salir y hacer nuestras bolitas de barro que al secarse se convertían en blancas tizas.

También se ha grabado en mi mente mis expediciones para buscar arcilla con qué construir los altos relieves que nos comprometíamos a hacer como trabajo manual.

Recuerdo igualmente mi trabajo de jardinería para cuidar mi parcela en la Plaza de Armas. En la plaza de armas nuestra escuela realizaba la ceremonia de saludo a la bandera y teníamos que escuchar los discursos del director, que nos recordaba que vivíamos cerca del cielo (en el "balcón de oro y mirador de Dios). Pero sobre todo, son inolvidables los jueves por las tardes que nos llevaba el profesor Estuardo Meléndez a recorrer el campo y conocer todo lo que teníamos que conocer para no sufrir percances con la naturaleza.

Maravillas fueron mis noches mirando el cielo estrellado y las innumerables "estrellas fugaces", al lado de mi abuelo José, quien miraba hacia Quiruvilca (al Este) tratando de predecir el tiempo de mañana. Salpo es un pueblo que sobrevive con la agricultura, y esperar la lluvia en diciembre es como esperar la continuación de la vida.

El taita José

Mi abuelo José fue el que formó espiritualmente, batallador nato, peleaba por defender sus tierras que los remanentes de hacendados le querían quitar. Enseñó a sus hijos a hacer lo mismo. Mi madre recibió de él ese apego a la tierra. Ambos me dejaron ese legado.

El abuelo José solía partir a eso de las 5 de la mañana, a pie, hacia la capital de la provincia, Otuzco, para seguir los juicios por tierra que los semihacendados le quería quitar. Me transmitió su ansiedad. En la noche, o al otro día, yo le esperaba impaciente.

Cuando llega, se sentaba en un tronco de eucalipto, en el balcón de donde se observa un hermoso paisaje sobre los Andes (Salpo es llamado "balcón de oro, mirador de Dios"), dejaba un lugar a su izquierda, sabiendo que yo iba a buscar ponerme a su lado.

-Los jueces piden plata, pero la verdad gana- recuerdo que me dijo una vez, chacchando su coca, y golpeando su checo de cal.

Me sentía contento, aliviado, como si mi cuerpo estaba entero.

Nos queríamos mucho. Me llevaba a las tareas agrícolas, al barbecho, a la siembra, a quitar la mala yerba y a la cosecha. Nos llevaban el almuerzo cuando las chacras estaban cerca a Salpo, o llevábamos fiambre cuando estaban lejos.

Típico pastor salpino y amigo

El taita José amaba a su perro "Guardían", el que lo salvó de innumerables peligros. Hay veces me lo confiaba, cuando se me dio la tarea de pastor, los fines de semana y en las vacaciones escolares.

Nunca he visto alguien llorar de desesperación y pena cuando trató de salvar a "Guardián" de un evenamiento. En una poza que teníamos en la casa, le daba agua con no se qué sustancias. Pero "Guardián" murió y a mí me quedó grabado para siempre el amor a los animales.

También me mostró cuán frágil era la economía agrícola que dependía de la lluvia. Algún enero no había visto lluvia. En el balcón, en el tronco, siempre a su izquierda, escuchaba sus palabras de ansiedad, mirando al Este: "parece que va a tardar las lluvias, espero que no sea demasiado tarde para sembrar".

En 1960 murió el abuelo José, con fiebre, con su escopeta en su derecha, para defenderse de los "rapiña" que pudieran venir con sus papeles y discursos. Yo terminaba la escuela primaria en la Escuela 225. No había colegio secundaria. Sentí que mi abuelo había muerto dejándome sus últimas lecciones.

El certificado de educación primaria

Cuando terminé mis estudios primarios, necesitaba un certificado para seguir la secundaria. Y los certificados eran entregados en Otuzco, la capital de provincia. La abuelita Lastenia decidió que teníamos que ir el siguiente lunes, a pie.

Mirando de Salpo hacia Otuzco

-Levántate muchacho-, me decía ese lunes, moviéndome el hombro izquierdo.

Todavía era noche, me levanté medio dormido. Me entregó un mate con sopa caliente de papa seca, sobre la que echó un huevo de gallina.

Aún somnoliento seguí a la abuelita. Miré por el balcón dirección a Otuzco (3000m), que está a menos altura que Salpo (3600m), pero separado por una cadena de cerros alineados de Este a Oeste. Esa cordillera terminaba abruptamente en la unión del río Moche y el río Chanchacapñ

Miré hacia donde tenía que ser el camino. Una tremenda bajada hacia el río Chanchacap. Observé la cuesta que seguía para remontar la cordillera, después de la cual teníamos que bajar al río Moche, para remontar uno de sus afluentes que nos conducirá finalmente a Otuzco.
Saliendo de Salpo hacia el río Chanchacap
Bajando hacia el río Chanchacap

Sólo pensarlo me descorazonaba.

-Mamita, ¿por qué no tomamos el  ómnibus?-, le pregunté balbuceando.

-Da miles de vueltas y llegaríamos tarde, me respondió, segura de su decisión.

Fue un viaje larguísimo, pero me permitió conocer espléndidos paisajes andinos, con su gente trabajando el campo. Quedé impresionado al ver una hermosa niña que descalza trabajaba la tierra.

Cuando la abuelita me vio agotado, me subió a caballo blanco que llevamos. Me costó acostumbrarme al caballo en caminos tan accidentados. Me aterrorizaba caerme y rodar en esos  empinados parajes.

Después de la cordillera, el momento de mayor tensión fue al cruzar el puente del río Moche. Había un burro que no quería seguir, estando en medio del puente. Le costó mucho a su dueño obligarlo a pasar.

Viniendo de Salpo después de la cordillera hacia Otuzco
Sobre el río Moche

viajado como el abuelo José, para un trámite oficial. No trámite judicial, pero trámite al fin de cuentas.

Nos dirigimos a la Dirección General de Educación de Otuzco. Cuando nos hicieron pasar a una oficina, fui presa de la timidez. Dejé que mi abuelita hablara por mí.
 
Un hombre muy serio nos recibió.

- Saque las manos de los bolsillos, no entra usted a un corral- me dijo mirándome fijamente, sin quitarse sus guantes de lana.

Cuando llegamos a Otuzco, sentí como si repentinamente me hubiera vuelto mayor. Había

Desde entonces supe que aunque hiciera frío glaciar, cuando se entra a un sitio donde hay personas debes tener las manos libres.

Luego de enterarse de la razón de nuestra visita, nos entregó el documento que más esfuerzo me ha costado gestionar: el certificado de haber terminado la primaria en la Escuela No 255 de Salpo.

Luego de la gestión, fuimos a pasear a la plaza de Otuzco a subimos a un mirador desde donde observamos la tremenda cordillera por la que había que regresar.

Plaza de Otuzco
Mirando cordillera hacia Salpo desde otuzco

El regreso, ese mismo día, pareció más largo que el viaje de ida. Llegamos a Salpo ya de noche. Para celebrar el acontecimiento, me tocó una buena presa de jamón a la brasa - como a mí me encantaba- y un mate de shambar, con un pedazo de pile de chancho con trigo habas y arberjas.

Me acosté sobre el pellejo de vaca estirado en la gran sala pintada de blanco. Miré su cielo raso hecho de vigas de eucaliptus, sobre las pasaban tiras de madera que hacían el segundo piso.

En la mañana me desperté con dolores de músculos, que los olvidé al saber que iba a viajar definitivamente a Chimbote, lugar donde la vida era más llevadera, aunque no tan fascinante como ese pueblo que cada día me enseñaba algo