Mi mayor interés por la electricidad aumentó cuando hice prácticas en el taller eléctrico en planta siderúrgica de SOGESA. Es talvez la primera vez que sentí orgullo por ingresar a centro de tecnología. Mi primera prueba fue la de construir un transformador de 220 voltios de entrada a 3, 6, 12 y 24 voltios de salida. Tuve que hacerlo "de A a Z" con los materiales que sobraban y llegar a un acabado atractivo, que incluía un pintado "al duco". Cada día era el primero en llegar al taller para proseguir mi proyecto. Tuve que leer todo sobre el tema, para calcular el número de espiras del primario y secundario, el número del alambre y la forma del núcleo. Me llamó la atención el efecto de las invisibles líneas del campo magnético variable.
En el barrio "Bolivar" había competencia de juegos, competencia de "run run", competencia de hélices voladoras (cuál llegaba más alto) y una serie juegos que son verdaderos experimentos de física, que me fascinaban. El experimento del "submarino", consistente de un gotero que bajaba y subía dentro de una botella llena de agua, por ejemplo, me costó trabajo para dominarlo y comprenderlo.
El "fulbito" callejero y en las pampas arenosas de Chimbote eran también nuestro pasatiempo. Entre la casa y Sogesa estaba el extraordinario humedal cuya pálida expresión es el hoy llamado "vivero forestal Los Pinos". Un tremendo canal construido con baldosas que cruzaba el vivero poblado de una variada fauna nos brindaba un ambiente de juego y esparcimiento infantil, sin dejar de lado el temor que yo sentía al ingresar a un bosque casi impenetrable. Llegar a la baldosa era, de todas formas, una aventura entre juncos y pinos. Luego se construyó la avenida Industrial que destruyó ese paraíso que hasta hoy extrañamos y que ha significado un irreparable deterioro ecológico.
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